Tu mi complemento, mi media naranja

La frase recurrente cuando se está sin pareja es: “ estoy esperando a que llegue mi media naranja”. El amor cuando es verdadero, es para siempre, sólo basta encontrar a nuestra “media naranja”. Solo alcanzaremos la felicidad con una persona que nos complemente. Eso puede llevar a frustraciones varias si nos damos cuenta que esa media naranja no aparece.
Este texto, (extracto del libro Falacias del amor) muestra los mitos que rodean al amor y propone nuevas pautas para redimensionar un sentimiento siempre problemático.
En Occidente ha prevalecido una concepción irracional sobre el amor. Curiosamente éste fue uno de los aportes más significativos de los antiguos griego a nuestras formas contemporáneas de entender el amor, y también una de las tantas razones por las que se ha establecido un nexo tan estrecho entre amor y sufrimiento. Los griegos no entendieron al amor como una virtud a ser cultivada sino como una enfermedad, como una forma de locura que, aunque muy dulce, puede destruir todo lo que una comunidad e incluso el mismo amante, valoran. El amor fue considerado un mecanismo irracional, espontáneo, no intencional e inducido desde el exterior —mediante las flechas de un dios caprichoso— que deja al individuo inerme, y expuesto a fuerzas completamente externas a sí mismo. Desde una perspectiva completamente irracional del amor, estaríamos condenados a quemarnos una y otra vez.
La concepción que hemos heredado de los griegos identifica al amor como una forma particular y breve de éste que conocemos como enamoramiento, una exquisita efervescencia con pronta fecha de vencimiento, basada en la idealización y en la ausencia del ser amado.
A la caza del alma gemela
Entender el amor como un sentimiento espontáneo y repentino (flechazo), y no como una relación que se construye a lo largo del tiempo, supone el desarrollo de altas dosis de idealización, en particular por parte de las mujeres. “Acabo de conocer a un hombre maravilloso; es de ficción, pero no se puede tener todo”, frase utilizada por la protagonista de la película La rosa púrpura del Cairo, que refleja muy bien el proceso de idealización que caracteriza al discurso amoroso femenino. Contribuyen a esta idealización procedimientos característicos de la seducción amorosa como la mímesis, que lleva a brindar una imagen mejorada de uno mismo, subrayando las afinidades y ocultando los desacuerdos y las propias debilidades. Cuando se ingresa al amor por la puerta del flechazo y del enamoramiento, las expectativas suelen ser altísimas: el otro no es quien es, sino quien deseamos que sea, y con frecuencia se incurre en la generalización indebida al considerar que en unos pocos encuentros resulta evidente que los amantes están “hechos el uno para el otro”. Se espera que la pasión se afiance en la pareja, pero cuando el hechizo se ha roto, sólo resta el desengaño, la desilusión o el omnipotente deseo femenino de cambiar al otro. Este proceso de desencantamiento también se vincula con la falsa analogía presente en el mito del andrógino, si mediante el flechazo se reconoce a la “mitad perdida”, con mucha más razón el amado deberá responder a la imagen que se ha forjado de él, similar por otra parte a la que el amante tiene de sí mismo.
La falsa analogía de las almas que vagan en busca de su mitad perdida también dio lugar a la o falacia del “blanco o negro”, que plantea mediante juegos de oposiciones dos alternativas, sin considerar que en realidad existen muchas más. Pero el amor no consagra la individualidad. No somos naranjas rebanadas ni erramos en busca de nuestra mitad perdida. A lo sumo encontraremos personas afines pero distintas de nosotros a las que podremos amar más allá del periodo de encantamiento primero, de acuerdo con nuestra disposición para conciliar las diferencias y los problemas que sobrevienen a toda relación humana que se prolonga en el tiempo.
Amar la búsqueda del amor.
Amaríamos más la búsqueda del amor que el amor en sí mismo. Desde esta perspectiva se juzgó erróneamente que el ser humano es por definición un animal insatisfecho, sin considerar que el deseo también se crea en la presencia de lo amable y de sus cualidades.
La concepción platónica, también contribuyó a estrechar el lazo entre amor y sufrimiento mediante el dualismo con que descalificó el cuerpo a favor de la esfera espiritual. A diferencia de India y China, donde se pensó que la iluminación espiritual está asociada con el sexo y es una forma de trascender la mortalidad, Occidente inscribió a la sexualidad en el registro de lo inconfesable, suscitando complementariamente su sobredimensionamiento, multiplicando al infinito el placer de decir el amor y valorando a la sexualidad como si se tratara de la clave de la condición humana en su conjunto.
La cultura occidental focalizó su atención en el registro de lo prohibido y de lo permitido, en el de las “normas” y en el de sus supuestos “desvíos”. De ahí la fascinación por los “amores prohibidos” y la identificación del “triángulo amoroso” con el argumento de las historias de amor.
Lamentablemente las mejores ideas sobre el amor aportadas por el cristianismo —su acento en el amor entendido como donación y no como exigencia, su ampliación del concepto de amor al conjunto de la humanidad—, fueron oscurecidas por la exaltación del sufrimiento en prácticas autoflagelantes que en muchos casos pretendían dominar los impulsos sexuales, y por siglos de intolerancia y persecuciones realizadas paradójicamente en nombre de la “religión del amor”.
El orgullo de sufrir por amor
Siempre que se ama existe la posibilidad de sufrir. La mayor parte de las cosas que nos colman de felicidad, al mismo tiempo tienen el poder de infligirnos dolor. Sin embargo, las concepciones hegemónicas que se firmaron en Occidente dieron un paso más, llegando a postular la “dignidad” del sufrimiento por amor y entendiendo que el dolor es prueba de la intensidad del sentimiento.
El amor en los tiempos del consumismo
Parte de la cuota necesaria de sufrimiento que implica el amor se vincula con el hecho de que, como individuos modernos y occidentales, debemos elegir por nuestra cuenta a la pareja con la que compartiremos gran cantidad de momentos de nuestra vida. Como sujetos modernos, estamos librados a nuestras propias fuerzas.
La publicidad y las representaciones culturales no parecen decirnos otra cosa. No es extraño que el zapping amoroso se convierta entonces en el juego generalizado de la sociedad de consumo. Si antes se toleraba demasiado, ahora no se tolera casi nada, de modo que con frecuencia el amor adquiere la vida útil de un electrodoméstico. Como sujetos modernos, también, vivimos una época en la que el lazo social tiende a quebrarse. Los más afortunados encuentran en la familia, en los amigos o en la pareja un amparo que los preserva de las inclemencias del individualismo. Otros sufren de los efectos de este último: se sienten solos, desamparados, excluidos de la estructura de “vida en pareja” o de “vida en familia” que aún parecería prevalecer en ciertas sociedades.
Reflexionar sobre el amor constituye un verdadero desafío. El camino a seguir es la búsqueda de nuestro amor propio y del amor que podemos transmitir a los demás. La naranja solo es completa si nos amamos a nosotros mismos.
El amor puede exceder en mucho el periodo del enamoramiento o del amor-pasión. El amor-acción o amor-compañero es un amor de más largo alcance que implica querer al otro porque se lo conoce y se goza, una relación en la que el paso del tiempo puede estrechar el vínculo y convertirse en un dato a favor y no en contra, y en la que es posible sobrellevar los problemas que necesariamente alcanzan a toda relación humana duradera.
Creo que el amor en sus múltiples formas tiene un fuerte componente emancipador ante la lógica del trabajo y del deber. Encuentro que un desafío importante para el individuo contemporáneo es aceptar el carácter problemático del amor frente a las imágenes idealizadas de gran cantidad de representaciones culturales.
La pareja sigue siendo el ámbito donde es posible aunar una ética de la ternura con el sexo, cultivando el amor como un arte, es decir, aprendiendo del error para barajar nuevamente las cartas de uno de los juegos más bellos y antiguos del mundo.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2007/05/03/ls-amorfalaz.html. Tomado del libro de Roxana Kreimer Falacias del amor, de Editorial Paidós.
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Julio 29th, 2008 at 8:04
Hola, aqui dejandote saludos muy buena pagina :)pille el link en chwz y me llamo la antencion el nombre…estudio psicologia
Agosto 1st, 2008 at 3:21
que buen articuo amiga…muy de acuerdo cn lo q se dice…en realidad siempre se idealiza mxo a las parejas….pero dsps de un tiempo..ya no andas en busca del tan soñado principe azul, de las peliculas….xq obviamente no es real….solo ficcion…jajaja…
mas q nada creo q lo importante es estar con alguien con quien te complementes, que te conozca tan bien, que no necesiten casi hablar para comunicarse….. aunke en ciertas ocasiones eso te puede jugar en contra…(cierto amiga…q te conozcan tannnnnn bn q te sientes vulnerable…jajaj…historia conocida!! :)….
You know me…. jajaja
besitos…cuidate
nos vemos x ahi
bye